Perfil Público de leog72
Leobet García López
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Día 21.68
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Semana 21.68
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Mes 21.68
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Año 1
Seguidor
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Seguidos
Ajena estaba la ciudad
a los desolados prejuicios.
Lejos de nosotros
cuánta miseria en las luces
que dejamos atrás.
Tanto miedo a cuestas,
viejas leyes nos rondan
y hay quienes murmuran
y luego regresan,
la escalera sigue intacta
y nos aguarda sin rencores,
acosados después por el desorden público
de transeúntes rabiosos,
fuegos multicolores de autos atrasados
a la presunta jornada
de inolvidables amaneceres,
el claxon que interrumpe la marcha del perro
que se cuida del muro mientras orina.
Una muchacha enamorada
se pierde calle abajo
con su cesta.
Pero un edificio se derrumba
en las agujas que dan al puerto.
Otra muchacha viene,
se acerca y muestra
sus senos
hasta la madrugada.
Un niño en la calle me mira
mientras descuida su pelota.
Laten ruidos intranquilos,
murmullos que me nacen del alma
y después escribo tu nombre.
Se abre una puerta
y mis manos sangran
sobre este papel sediento
que truena en el aguacero.
Aunque bajo el amor
duerma profunda la sed
de viejas prostitutas
que se anunciaron en los diarios
del país vecino.
Amores baratos
que dejan huellas en el camino
mal andado de la vida,
botellas a medias
en tu cintura,
mesas y desorden
sobre tus nalgas
y borrachos de ocho centavos
por noche
detrás de cada puerta.
Guitarras gastadas
en la siempre misma canturía.
Sé que le queda poco a mis pies
frente a este tribunal público
y hay cuchillos que me buscan.
Presiento violencia
sobre estos carros de basura,
mis ojos despiertos
tocan puertas trasnochados
y no encuentro refugio.
Está llegando otro amanecer
y crujen bisagras
que dan al cadalso,
cuervos que se tutean
mis pedazos
en barajas que no enseñan la ciudad,
me queda despertar
y las torres se alzan
buscando el cielo.
última tabla de salvación
pero las brujas me dejan
hereje
en este festín.
Ya tiré el último cigarro
y me busca la gitana
que mueve las cartas
y habla de caminos y ríos
después que la ciudad ha muerto.
Al norte de tus piernas
tengo una casa dónde pongo
a calentar mi cuerpo y mueren
las distintas estaciones de los inviernos.
Abierta está la puerta que un día
cerraste a la multitud.
Te conozco y la noche trae tu aliento.
Los huesos se alborotan , la distancia
se evapora cuando se encuentran
Nuestros labios condenados
a beber del sudor ,la sal dulce al final
de un grito.
Hace tiempo que ensayamos una aventura
de salivas.
Lenguas peregrinas en los insomnios del deseo.
Muslos profanados en las puntas pasionales
de las agujas.
Derrames incongruentes en los salientes
dilatados de tu sexo.
Al norte de tus piernas desplegadas auroras
me recuerdan que un siglo es un segundo,
que el fuego es la llama sin quemar
de los quejidos.
El naufragio es respirar con los ojos cerrados. El temblor la piel rupestre en los salientes de tu isla.
Al norte de tus piernas he descubierto fósiles de pantanos, y aún prolongo hundimientos. Torrentes de nata se suicidan.
Morir es un golpe horizontal propulsado por tus caderas
SIQUIERA VINE A VIVIR
Siquiera vine a vivir,
sin estar muerto por un ápice,
a lanzar la piedra en el vidrio ajeno
y a esconder la mano en el corazón
para que no la miren con malas intenciones.
Porque, ¿qué sería mi cuerpo sin los dedos?
sin la perfidia de lograr un cometido,
sin el sabor amargo de un desquite en la boca.
¿Qué sería la voz sin la escucha precipitada de los otros?
¿Qué sería la tarde sin el dolor diluido en el tatuaje?
Mientras, caen los pedazos del espejo
donde te ofrendaste sin púlpito.
Yo te ofrezco un ebbo sin cardos
una danza sin cuchillos en las rodillas
el camino de piedras donde iremos
con los brazos apretados por los yelmos de azucenas y vicarias.
Escucharé tus faltas una a una
y subiré al monte a vomitar
la fécula obscena del pecado,
mas que todo,
a escucharte mientras paso
el resquicio de la muerte en puntillas,
sobaremos la granada mojada
por los mares de sudores
de la última cita en el Aqueronte.
No me falles:
porque vine a vivir
y si no vienes conmigo,
morder mi propia sal
sería un acto demoníaco y distraído,
un pecaminoso resultado
de morirme ocultando
la lentitud conque, en tu presencia,
se equidista la muerte,
y no sería osadía atarla.
Mientras esto sucede,
he venido a que atemos
los nombres a un propósito
sin enunciar todavía un epitafio.
Enviado por frankcarlos
LUZ
Si por fin ves la luz al final del túnel, ten cuidado no vaya a ser un tren acercándose a toda pastilla.
La inteligencia busca y el corazón encuentra.
George Sand
EL PESO
Es esta condenada
impotencia.
Esta ausencia
hasta de rabia.
Este peso.
Sí, este peso:
como un frasco
de aspirinas
en un estómago
vacío.
Roger Wolfe
SIQUIERA VINE A VIVIR
Siquiera vine a vivir,
sin estar muerto por un ápice,
a lanzar la piedra en el vidrio ajeno
y a esconder la mano en el corazón
para que no la miren con malas intenciones.
Porque, ¿qué sería mi cuerpo sin los dedos?
sin la perfidia de lograr un cometido,
sin el sabor amargo de un desquite en la boca.
¿Qué sería la voz sin la escucha precipitada de los otros?
¿Qué sería la tarde sin el dolor diluido en el tatuaje?
Mientras, caen los pedazos del espejo
donde te ofrendaste sin púlpito.
Yo te ofrezco un ebbo sin cardos
una danza sin cuchillos en las rodillas
el camino de piedras donde iremos
con los brazos apretados por los yelmos de azucenas y vicarias.
Escucharé tus faltas una a una
y subiré al monte a vomitar
la fécula obscena del pecado,
mas que todo,
a escucharte mientras paso
el resquicio de la muerte en puntillas,
sobaremos la granada mojada
por los mares de sudores
de la última cita en el Aqueronte.
No me falles:
porque vine a vivir
y si no vienes conmigo,
morder mi propia sal
sería un acto demoníaco y distraído,
un pecaminoso resultado
de morirme ocultando
la lentitud conque, en tu presencia,
se equidista la muerte,
y no sería osadía atarla.
Mientras esto sucede,
he venido a que atemos
los nombres a un propósito
sin enunciar todavía un epitafio.
Enviado por frankcarlos
LUZ
Si por fin ves la luz al final del túnel, ten cuidado no vaya a ser un tren acercándose a toda pastilla.
La inteligencia busca y el corazón encuentra.
George Sand
EL PESO
Es esta condenada
impotencia.
Esta ausencia
hasta de rabia.
Este peso.
Sí, este peso:
como un frasco
de aspirinas
en un estómago
vacío.
Roger Wolfe
